Fragmentos que permanecen: el Muretto de Alassio
El Muretto de Alassio siempre me ha impresionado porque nació casi a escondidas. Los primeros azulejos los colocaron de noche, sin permisos, Mario Berrino y Ernest Hemingway, delante del Caffè Roma. Un gesto espontáneo, casi clandestino, que con el tiempo se convirtió en memoria colectiva.
Paseando frente a ese muro lleno de firmas, manos, dedicatorias y fragmentos de vidas, me detuve ante el azulejo de Vladimir Luxuria. Dice, en italiano: «Todos los muros caerán tarde o temprano. El muretto del amor permanecerá».
En esa frase hay algo que va más allá del turismo, de los famosos, de las fotografías: la idea de que ciertas huellas humanas, dejadas casi por juego o por la necesidad de estar, consiguen permanecer en el tiempo más que los propios muros.



