Don Sergio, «un cedro inmenso lleno de vida»
¿Sabes cuando durante años sigues viendo el rostro de una persona colgado en una pared, sin haberla conocido nunca de verdad, y en cierto momento te parece casi conocerla?
Pues a mí me pasa con don Sergio.
Un cuadro sencillo. Silencioso. Siempre presente.
Nunca lo conocí de verdad. Y sin embargo, entre todas las figuras que he encontrado de forma indirecta en estos años, quizá sea la que siento más cercana.
Quienes lo conocieron hablan de un hombre que atravesaba comunidades, encuentros y fragilidades humanas llevando impulso, confianza y movimiento.
Uno de esos que no necesitaban ocupar el centro para dejar una huella profunda. Parecía pertenecer más a las calles, a los encuentros y a las relaciones humanas que a los despachos.
Hace un tiempo encontré un pequeño libro suyo de poemas. Al leerlo, tuve la sensación de encontrarlo, quizá por primera vez, de verdad.
En esas palabras reencontré algo que yo también sigo buscando en los márgenes, en las personas y en las historias suspendidas.
Hay un poema que se me quedó dentro más que los otros. Habla del amor y del Espíritu como de un gran árbol lleno de vida, hecho de infinitas hojas y ramas.
Quizá algunas personas hacen justamente eso en la vida: crean raíces invisibles, mantienen unidas a las personas sin ruido, dejan sombra y aliento incluso muchos años después de haber pasado.
Por eso lo traigo aquí. Como un pequeño gesto de gratitud hacia un hombre al que no conocí de verdad, pero que todavía hoy, de algún modo, sigue hablando a través de lo que dejó.



