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Márgenes · Calles

Calles

Lugares, esperas y encuentros donde nacen las historias.

Dos jóvenes acordeonistas en via San Tommaso

Jóvenes músicos

Vivía en un pequeño estudio en via San Tommaso, en el casco antiguo.

Era una casa sencilla, pero por aquellas ventanas entraba una luz que me hacía sentir bien. Una tarde oí subir desde la calle un acordeón.

Me asomé y vi a estos dos chicos jovencísimos: él tocaba mirando hacia arriba, ella recogía las monedas que la gente tiraba desde las ventanas.

Durante unos minutos, la calle pareció detenerse.

No parecían músicos de paso.

Anna sentada en un banco de viale Papa Giovanni XXIII

Anna

A Anna la llamaban «la Pisuna».

Dormía en los cubículos de los cajeros automáticos. Aquí estaba sentada en viale Papa Giovanni XXIII.

Tenía algo que nunca he vuelto a encontrar en nadie: una presencia áspera, feroz, casi cinematográfica.

Para muchos era solo una mujer de los márgenes. Para mí, en cambio, parecía salida de una historia ya escrita en alguna parte.

La mujer arrodillada en vicolo San Lazzaro

La mujer arrodillada

En vicolo San Lazzaro vi a esta mujer arrodillada contra un muro.

Nunca había visto a nadie pedir limosna así, de rodillas, con una compostura casi irreal.

Pasé una primera vez. Cuando volví, horas después, seguía allí, en la misma posición, con unas pocas monedas en un pequeño recipiente abierto y un papelito apretado entre las manos.

Fue su mirada lo que de verdad me impresionó. No una mirada desesperada, sino algo más silencioso, imposible de explicar.

Cuando le dejé una moneda, apenas me sonrió.

Desde entonces llevo dentro esa escena como una de las imágenes más fuertes de mis márgenes.

Don Mario y el hombre del Este sentados en el patio

Don Mario y el hombre del Este

En el patio hay un chico que barre en silencio. Lo hace sin que nadie se lo pida de verdad, como si cuidar un pequeño trozo de tierra fuera ya una forma de habitar el mundo.

Un poco más allá, sentados en medio de la calle como si fuera el salón de casa, están don Mario, un sacerdote, y un hombre de Europa del Este de barba larga y mirada gastada por el camino.

Eso es lo que me impresiona. La naturalidad con la que están allí. En medio del patio. A la vista de todos.

El hombre de la barba vive la calle. Don Mario, en cambio, la ha recorrido toda su vida: Bolivia, periferias, pobreza, encuentros, fatigas humanas.

Pero en esta imagen no veo el malestar. No veo la pobreza.

Veo a dos personas sentadas una al lado de la otra, todavía capaces de escucharse de verdad.

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